La Copa del Mundo de 2026, que se suponía debía ser un gran escenario para la magnificencia del fútbol, se ha convertido en cambio en la prueba de que la tecnología no siempre es la solución. La presencia del Árbitro Asistente de Video (VAR), diseñado originalmente para minimizar los errores arbitrales fatales, se ha transformado ahora en un bumerán que se considera aprisiona la belleza y la espontaneidad sobre el césped.
Una intervención tecnológica demasiado profunda y forense ha desencadenado una serie de decisiones controvertidas que han perjudicado a muchas selecciones nacionales, como Egipto y Croacia. El uso de sensores de balón extremadamente sensibles y la revisión de incidentes ocurridos mucho antes de que se marque un gol se considera que han sobrepasado la esencia básica del arbitraje. Como resultado, el flujo del juego se interrumpe frecuentemente, generando una enorme frustración tanto en los jugadores como en los espectadores.
Las duras críticas han llegado desde diversos sectores, incluidos exárbitros profesionales y especialistas en inteligencia artificial. Estos consideran que los esfuerzos de la FIFA por buscar la justicia perfecta a través de los datos han desembocado, por el contrario, en la inconsistencia. Las percepciones de injusticia, que van desde goles anulados hasta discutidas tarjetas rojas, han desatado especulaciones desmedidas sobre una posible manipulación de partidos tras las pantallas del monitor.
A pesar de que la FIFA, a través del presidente del Comité de Árbitros Pierluigi Collina, insiste en mantener dicho protocolo, la disconformidad en el campo resulta difícil de frenar. Para muchos observadores, el fútbol es un juego ligado a la falibilidad humana, la cual forma parte precisamente de su atractivo. La ambición de lograr una precisión absoluta mediante la tecnología ha ido erosionando, en realidad, la emoción y el espíritu humano que durante 150 años han sido el alma del deporte más popular del mundo.