Un nuevo informe de análisis revela la existencia de un patrón recurrente en las últimas tres décadas que vincula la escalada de las operaciones de seguridad en la región de Papúa con la dinámica de las crisis políticas en la capital. Este estudio observa una fuerte correlación temporal entre el aumento de las tensiones en la región más oriental de Indonesia y momentos cruciales de la lucha por el poder en Yakarta.
El análisis destaca cuatro períodos clave de escalada del conflicto: el suceso del Biak Sangriento en julio de 1998, el Wasior Sangriento en junio de 2001, el ataque contra trabajadores de infraestructura en Nduga en diciembre de 2018, y la serie de operaciones militares en Intan Jaya y la regencia de Puncak a lo largo del período de 2020 a 2026. Estos momentos coincidieron con la transición posterior a la Reformasi, las negociaciones de la Autonomía Especial (Otsus), el punto álgido de la contienda electoral de 2019 y la fase de consolidación inicial del actual nuevo gobierno.
El analista político Arkilaus Baho explicó que la repetición de este patrón bajo el liderazgo de cuatro regímenes diferentes indica la existencia de una lógica estructural que opera de manera sistemática. Según él, el gobierno central no se limita a responder pasivamente a la dinámica local en Papúa, sino que tiene incentivos políticos específicos para mantener las tensiones del conflicto con el fin de desviar la atención pública de las crisis domésticas a nivel nacional.
Para desglosar este fenómeno, el estudio utiliza el marco analítico de la teoría de la guerra de distracción (diversionary theory of war), el concepto de distracción militar (wag the dog) y un enfoque de economía política para observar la participación militar en las actividades económicas en las zonas de conflicto. Estas teorías se combinan luego con datos sobre víctimas recopilados por diversas organizaciones independientes sobre el terreno.
Los registros de organizaciones de derechos humanos como ELSHAM Papua y los informes de medios independientes muestran el impacto real de esta escalada en la población civil. En respuesta a la reciente situación en la regencia de Puncak a principios de 2026, la Komnas HAM instó a realizar una evaluación exhaustiva de los patrones de despliegue de tropas, mientras que el Ministerio de Derechos Humanos exigió una aplicación de la ley sin distinciones para los autores de actos de violencia contra civiles.
Por otro lado, Amiruddin al Rahab, investigador del Centro de Investigación Política del BRIN, consideró que el enfoque de seguridad heredado de la era del Nuevo Orden corre el riesgo de dañar la integración nacional. Mientras tanto, varios académicos proponen redefinir el estatus del conflicto en Papúa como un conflicto armado no internacional para someterlo al Derecho Internacional Humanitario, una opción que Yakarta evita debido a las consecuencias legales que conlleva respecto a la protección de civiles y el acceso a la ayuda humana internacional.
Además de los intereses políticos, la dimensión económica también es un motor del conflicto difícil de detener. Con el estatus de objeto vital nacional otorgado a corporaciones mineras gigantes como PT Freeport Indonesia, las relaciones entre las empresas y el ejército se consideran cada vez más institucionalizadas. Esta situación se complica con la política de restricción del acceso a la información mediante el bloqueo de internet en 2019, así como las medidas de creación de nuevas provincias, lo que se considera que fragmenta la consolidación política de las comunidades indígenas de Papúa.
No obstante, este análisis deja espacio para el debate al reconocer ciertas limitaciones metodológicas, como la existencia real de movimientos separatistas sobre el terreno que no se pueden ignorar de forma simplista. Sin embargo, un informe de la YLBHI señala la gran ironía de que las violaciones de los derechos humanos en Papúa aumentaran precisamente después de que Indonesia asumiera la presidencia del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, una contradicción que se considera que podría debilitar la legitimidad de la política exterior del gobierno ante la comunidad internacional.